2.741

My Dearest Children,

154 son demasiados. Especialmente si se trata de muertos en una terrible y aciaga tarde. 154 vidas segadas en cuestión de segundos. Una muerte tan horripilante como inmediata para los que la sufren, tan eterna para los allegados que quedan marcados de por vida. Así de terrible es un accidente aéreo como el ocurrido el pasado 20 de agosto en el Aeropuerto de Madrid.

La impresión que nos produce tamaña tragedia es ciertamente dolorosa. Nadie puede quedar impasible ante una noticia tan funesta, aunque en realidad sea por esa necesidad imperiosa del ser humano de extrapolar lo acontecido a la propia vida o experiencias pasadas. Así actuamos cuando alguien nos narra cualquier tipo de acontecimiento, incluso los más banales. Si alguien nos cuenta lo que le ocurrió durante unas vacaciones o en la cola del súper, enseguida recuperamos de la memoria sensaciones frescas que nos ayudan a empatizar con el narrador, incluso a interrumpirle ávidamente para añadir lo que a nosotros mismos nos pasó en circunstancias similares, y se ciegan nuestros oídos que ya sólo piensan en primera persona.

Por eso, este tipo de noticias son tan dolorosas; porque uno intenta infructuosamente ponerse en el lugar de las víctimas, especialmente de las víctimas secundarias: los familiares. Pero el mero hecho de jugar peligrosamente a imaginar nuestra propia muerte o la de nuestros allegados nos produce una intensa e insoportable sensación de pena. Y entonces lloramos. No estrictamente por los muertos, sino por la extrapolación del dolor ajeno a nuestras propias vidas.

Y cuando ya estamos afectados por la objetividad de la tragedia, entra en juego toda la maquinaria sensacionalista propia de la Era Digital que consciente o inconscientemente hace leña del árbol caído, y de la que el pueblo se alimenta y al cual a la vez devora. A medida que transcurren los minutos, las horas, los medios de comunicación se ensañan mostrando la desgracia, apabullándonos con datos y testimonios a cada cual más doloroso como en una absurda competición por ver quién provoca un alarido más desgarrador. Los políticos, arrastrados y obligados por ese ente abstracto y monstruoso denominado opinión pública, suspenden sus vacaciones y corren a posar en primer plano junto a los restos del aeroplano, junto a las familias destrozadas. Y que no se les ocurra no hacerlo… Incluso los familiares, amigos, allegados se prestan a veces ellos mismos como dramatis personae de estas infames tragedias en directo. Y todos ellos contribuyen probablemente de manera involuntaria a esta canibalesca parafernalia que se nutre de sí misma.

Y el país o incluso el mundo se paraliza ante estas tremendas catástrofes, y todos quieren ayudar de alguna forma – con un minuto de silencio frente al ayuntamiento, donando sangre, apadrinando huérfanos, o mandando mensajitos por la causa, porque todo el mundo piensa que no puede ser trigo limpio alguien que ignore tanto dolor ajeno. Quizás porque da mal fario no compadecerse -¡lagarto, lagarto!-, del mismo modo que se va al velatorio del vecino del tercero, con el que apenas has cruzado una mísera palabra en treinta años, porque todo el barrio va, porque es gratis y cuesta poco esfuerzo, que más vale que sobre que no que falte y, en definitiva, porque nos quedamos a gusto con nosotros mismos.

Y también habrá consecuencias económicas derivadas del pánico semi-inducido, del miedo a volar, de la histérica Bolsa, de nuevas y más sofisticadas medidas de seguridad, y otras incómodas consecuencias como controles más exhaustivos, y retrasos milimétricamente calculados para tranquilizar a los pasajeros – es que ahora las revisiones técnicas son más exhaustivas, ¿sabe usted? – y justificar lo injustificable. Que el riesgo existe y la muerte acecha en cada esquina. Habrá quien viaje más relajado jugando el peligroso juego de las estadísticas – veinticinco años sin accidentes en Barajas, ya no me puede a tocar a mí -, habrá quien haya incubado un lógico miedo a volar como consecuencia de semejante bombardeo audiovisual y habrá quien no podrá superar su hasta ahora contenido miedo a volar durante años.

Y mientras tanto la vida sigue y en días o a lo sumo semanas la gente habrá borrado de sus cabezas la tragedia – probablemente a la vez que desaparezca de las primeras planas de los medios. Y pese a todo, el avión seguirá siendo el medio de transporte más seguro.

Por cierto: sólo en 2007, el número de muertos en las carreteras españolas ascendió a 2.741.

Yours faithfully,

Nicholas Twill

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~ por Nicholas Twill en 22 agosto 2008.

2 comentarios to “2.741”

  1. exquisitamente narrado, eres un artista…yo no lo podría explicar tan bien.

  2. Siendo sincera… me ha encantado. Me parece que escribes soberviamente.

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