Hoy he muerto (Capítulo 1)

Nunca pensé que la canción de Def Con Dos “Pánico a una muerte ridícula” pudiera resultar tan profética. He muerto hoy de una manera absurda.

Y no piensen ustedes que he muerto electrocutado al cambiar una bombilla, o atragantado por un gran langostino en la garganta. Ni siquiera atropellado por un seiscientos a 15 km/h. No señor. He muerto simplemente por ir caminando por una acera algo estrecha. He muerto de aburrimiento. He muerto de hastío. He muerto de desesperación. He muerto de un infarto por la ansiedad que me ha provocado ir durante un interminable tiempo indefinido detrás de una señora pendular. Me refiero a una de esas señoras que sin ser particularmente obesas son infinitamente más anchas que altas. O al menos esa es la percepción que se tiene cuando avanza uno detrás de ellas intentando infructuosamente sobrepasarlas. Una de esas señoras que parecen haber sido agraciadas con todo el tiempo del mundo y que deciden agoreramente salir a realizar sus quehaceres justo cuandotienes que pasar por su barrio.

Y claro, a ti te pillan justo en el peor momento: cuando te diriges a una cita ineludible, véase una entrevista de trabajo, por ejemplo, o cuando llegas tarde al trabajo, o al médico o a coger un autobús, tren, avión o cualquier otro medio de transporte. Avanzas aceleradamente por una acera relativamente estrecha en una de esas calles que pese a su angostura tienen una gran afluencia de tráfico y que de manera alguna te permiten hacer ni el atisbo de bajar de manera frugal al asfalto para con un movimiento firme y decidido, una zancada efectiva y elegantesobrepasar a semejantes prodigios de la naturaleza, al estilo de los mejores recortadores de toros.

Y allí te encuentras tú, bailando un vals al que no has sido invitado y en el que de modo alguno quieres participar. Pasito corto a la derecha, finta de cintura hacia la izquierda y…. Nada. Imposible. Es como intentar superar a Don Manuel Fraga Iribarne o al propio monstruo de Frankenstein (grande Boris Karloff, grande don Manuel, parecidos razonables). La señora (que puede presentar como equipamiento opcional sendas bolsas de la compra o maletas o bastón o paraguas o increíblemente todo a la vez) parece tener un sensor de velocidad de crucero y aparcamiento de manera que parece anticiparse a tus veloces ideas y se mimetiza como si ante un espejo te encontraras y cubre cualquier hueco como si te encontraras detrás del Red-Bull de Mark Weber. Vamos que no hay forma.

Y claro, ante todo educación y civismo. Cuando ves que es materialmente imposible sobrepasarla por derecha, izquierda, aire, mar  o tierra, decides hacerle notar tu presencia. La carraspera difícilmente audible entre el tráfico pasa a convertirse un descarado ataque de tos de empedernido fumador de puros habanos. Nada.  Y entonces decides pasar al verbo. Al principio fue el Verbo. Y el Verbo era…. inútil. Hablar no sirve. Hay que gritar. El ruido ambiental es demasiado alto para hacerse notar ante una señora que debe rondar los cientocincuentaysieteos (por lo menos). Y entonces produces un terrible vozarrón de ultratumbaDisculpe, señora”, tan grave como ineficaz. “¿¿¡¡ME DEJA PASAR!!??” . ¡¡Aaarrggghhhh!! ¡¡¡Es sorda!!! ¡¡¡¡Sorda como una tapia!!!  ¡No puedoooo….!

Y ya no puedes más y pierdes la compostura y cuando ya estás decidido a meterle el cuerpo para ganar la posición a lo Marc Gasol, importándote ya un pimiento la educación y las buenas formas, ves tu gran oportunidadunos metros más adelante vislumbras un portal con un escalón de acceso lo suficientemente grande como para realizar tu adelantamiento suicida por la derecha. Calculas y visualizas los movimientos que vas a ejecutar y te das cuenta de que tienes que cambiar el paso para poder meter tu pie derecho en el escalón y de un salto ágil colocarte delante de la señora. Y de repente das un saltito a todas luces ridículo (Hoy me siento flex) y uno, dos…. ¡mierrr……coles! En ese justo instante se abre la puerta del portal del que sale un señor que no le va a la zaga a tu peculiar competidora y tu plan al traste.

Ahora si que ya has perdido la escasa paciencia que aún te quedaba y decides pasar al contacto físico. Y entonces es cuando la señora te da la puntilla: cuando arrimas el cuerpo te das cuenta de que la aparentemente inofensiva señora va pertrechada como los S.W.A.T.: faja, refajo, combinación, falda, toquilla, chal y abrigo. Mucho rebozado para tan poco calamar. Pero el caso es que rebotas y acabas empotrado contra la pared.

Y fue en ese momento cuando poseido por una tremenda ira, y justo cuando me disponía a lanzar un aterrador y purgante alarido, noté un agudísimo punzonazo en el pecho. Y caí fulminado al suelo. Nada se pudo hacer por mí He muerto, urbana víctima, de la manera más espantosa que os podáis imaginar….

Saludos desde el más aca,

Otto Zimt

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~ por ottozimt en 18 marzo 2009.

3 comentarios to “Hoy he muerto (Capítulo 1)”

  1. Jajajaajajaja

  2. Yo en tu lugar, me hubiera tirado al asfalto arriesgándome a morir atropellado por un seiscientos a 15 Km/h, una muerte menos agonizante.
    Gracias por tu historia porque has conseguido hacerme pasar un buen rato. Creo que el cumplir años te ha sentado muy bien.
    Jorge A.

  3. Pues ya sabes, para la próxima inspira, expira y vuelve a respirar tomándote la parte del tiempo que te corresponede. Un historia magnífica y univesal. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez tamaña historia, quizás con un final menos trágico? En cualquier caso, es un magnífico ejemplo de lo absurdo de nuestras prioridades. Una extraordinaria lección: concédele tiempo al tiempo. Disfruta del pendualente movimiento y de lo que la lentidtud del vaivén te permitirá observar: las hojas de unos almendros en pleno crecimiento, un pajarito comiendo una pizca de pan caído a un viandante… “pequeñeces” que, de ir deprisa y sin obstácus, la velocidad no permitiría disfrutar.

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