Es país para sordos

My Dearest Children,

España es un país para sordos. Es el paraíso de los fabricantes de audífonos. De entrada, el español es un pueblo alegre, dicharachero y bullanguero. Eso es divertido cuando se está de fiesta, pero resulta tremendamente molesto en cualquier otra circunstancia. Y entrar en cualquier establecimiento público en este país supone enfrentarse inevitablemente a un atentado directo contra nuestros oídos: en cualquier espacio en el que se encuentren más de cuatro personas nos encontraremos con un nivel de ruido casi insoportable. Y el problema es que para hacerse entender y superar dicho umbral de ruido hay que alzar la voz irremediable y desmesuradamente. Y este es el pez que se muerde la cola: no escucho porque grito y como no escucho grito más… Y no hablo sólo de discotecas, pubs o bares, si no que el mal afecta a restaurantes, zonas de ocio e incluso centros comerciales. Y claro, como el nivel de ruido que provocan nuestras desenfadadas conversaciones en cualquiera de estos espacios es tan alto, los responsables de dichos establecimientos para hacer notar sus inversiones en marketing y músicas ambientales, elevan proporcionalmente los volúmenes de sus hilos musicales para que sean perceptibles para las masas consumidoras que deambulan por sus negocios.

Si a esto sumamos la maldita costumbre que tienen algunas cadenas de televisión de despertar a sus soñolientos (¿por qué será?) espectadores con la musiquilla desmedida de sus cortinas que dan paso a la publicidad (que es lo que realmente les interesa que veas); las tracas, petardos y demás que vuelven a vivir una época dorada en eventos deportivos y tradicionales festejos; que los conductores de autobuses y taxis disfrutan (desafiando a la SGAE) aturdiéndonos con las emisiones radiofónicas más variopintas que escupen los cochambrosos y vociferantes altavoces de sus vehículos; y, por supuesto, la proliferación y abuso en el uso de reproductores multimedia portátiles (llámense MP3 o MP4 o Iphones o móviles multimedia) especialmente entre los jóvenes, todo esto, pues, nos está convirtiendo en un país de sordos, un país con un eterno zumbido en el oído, un país que no habla, sino vocifera y un país cuyos habitantes se hacen irremediablemente reconocibles cuando pasean en grupo por cualquier universidad o ciudad europea, por poner un ejemplo.

Parece ser, de todas formas, que no somos los únicos en quedarnos sordos, ya que el impacto de los ya citados dispositivos de audio es común, especialmente entre los jóvenes, a cualquier país de los (mal) denominados occidentales, con el agravante de que en España aunque no utilices dichos chismes de manera activa, te verás envuelto en decenas de decibelios pseudoasesinos que atacarán impiamente lo quieras o no (no podemos cerrar las orejas por desgracia) tus indefensos tímpanos.

Yours faithfully,

Nicholas Twill

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~ por Nicholas Twill en 21 marzo 2010.

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